9.13.2010
9.12.2010
9.08.2010
Las balas silbaban por encima de nuestras cabeza, por encima de nuestras caras pegadas al fango. Ese era su territorio ahora, el natural de nuestras esbeltas figuras erguidas; un lugar robado, sin duda. Mi boca estaba llena de asquerosa tierra mojada, un sabor repugnante se unía al insoportable sonido de la batalla. Ese tenso ruido seguido de arrebatadores y desbastadores silencios que te petrifican y te hacen querer llamar a mama.
En la última carrera me lancé al suelo lo más cerca que pude de lo que parecía una trinchera, aunque visto más de cerca aquello no parecía más que un agujero en mitad del terreno. Al lado de mi cayó muerto un soldado, alguien que no recordaba haber visto antes, ni en la compañía, ni en el grupo. Un auténtico desconocido que sangraba, inerte, a mi lado. Compartiendo conmigo esos duros momentos. Giré la cabeza procurando no perder mi casco, como si aquel trozo material me fuera a salvar del infierno latente que me esperaba a apenas un metro más arriba. Eso fue un error. No debí mirar a los ojos a aquel chico joven y destrozado, con ese semblante tan extraño que le hacía parecer un maniquí. En su casco llevaba escrita una frase, una frase que me recorrió de arriba abajo como un helado rayo de miedo y tristeza.
“Mejor aquí que en casa” Eso ponía escrito con pintura blanca. Me hizo preguntarme, aquella frase, que puede llevar a alguien a venir a este infierno. Yo ya ni recuerdo que hago aquí, como llegué. Es un trago silencioso el que ha supuesto olvidar mi pasado para centrarme en el estudio de la anatomía del infierno, en la documentación exhaustiva de las regiones más profundas del omnipresente valle de la muerte. Y no está siendo un camino fácil, es por eso que es mejor olvidar.
Me quedé con ganas de entrevistarle, de adivinar que sentía. Aunque estuviera muerto, una emoción congelada como en una fotografía yacía extraña en su mirada, una profunda mirada de ojos verdosos. Una vez más me interesaba por la historia, por su historia y olvidaba que la guerra no es más que un compendio de historias tristes que jamas salen a la luz y que, además, a nadie interesan. La guerra sólo debe de servir para una cosa: para marcar un punto de no retorno en nuestra historia.
Es duro estar aquí, y saber eso. Yo sí estaría mejor en casa; aunque ya no recuerde dónde está.
8.09.2010
7.18.2010
Desplacé las imágenes, más allá de luz; muy lejos del círculo polar ártico. Contravine todas tus advertencias, me dejé llevar por la simplicidad de la plástica más elemental y te eché de menos; mucho y sin darme cuenta. Aún me cuesta darme cuenta. Luego descansé y miré la habitación, el plano sobre plano al que estábamos acostumbrados, la escualida esencia de la virtud fotoquímica de robarle a la luz aquello que la hace especial para atraparnos, para siempre, en las únicas dos dimensiones de verdad seguras, aquellas que no pueden si no arder o desaparecer pero nunca envejecer.
7.16.2010
7.04.2010
La caída estaba siendo lenta, como la de una pluma un día sin viento. Esa misma lentitud hacía que el tiempo pareciese un eufemismo de la realidad, un artificio de todo aquello que no podemos controlar, de todo aquello que no somos capaces de ver pero que, contra todo pronóstico, existe. Los colores se desvanecía, perdían su saturación lentamente dentro del tóxico, la paleta cromática se ahogaba en su falta de necesidad y se despedía para dejarnos imágenes impresas en las dos dimensiones en las que ahora flotamos. El aire se podía cortar con la punta de un alfiler, su densidad era inversamente proporcional a la ligereza del momento.
La caída continuaba, el devenir de la gravedad variable del sueño empujaba con la violencia de lo inevitable. Todo se venía abajo y mostraba el telón de fondo, confesando que la realidad es sólo aquello que podemos ver, siempre que queramos verlo; siempre que podamos verlo.
6.30.2010
6.29.2010
La aritmética del juego que ya conoces
Los hombres somos piezas simples de ingeniera básica, muy funcional y fácil de reparar. No reside en nosotros la necesidad de ir más lejos en nuestra maquinaría más primitiva y primordial, todo lo contrario: buscamos no salir de ese estado de sencillez. No es que no resulte más fácil, simplemente nos sentimos más cómodos dejándonos llevar. Y esa es la regla fundamental del juego, la única que debes cumplir si quieres jugar.
En ocasiones tenemos que elegir. Elegir entre la sangre fría y las circunstancias o, por lo contrario, tenemos que admitir que no somos capaces de sobrellevar nuestra existencia sobre el suelo que la alargada sombra del juego nos hace pisar, a veces es algo imposible; pero lo intentamos. No es una "prueba-error", no se trata de tal experimento científico. Todo lo contrario, se trata, más bien, de una prueba-prueba porque el error, en algunos casos, ya lo damos certificado.
En resumen. Cuando eres un hombre y creces, en algún momento, tarde o temprano, te tienes que enfrentar al juego como un peón más del mismo y es entonces cuando debes de aceptar su reglas o, por lo contrario, entender que no puedes jugar y que, por lo tanto, quedas fuera del funcionamiento normal de las cosas. La cuestión es hasta ¿dónde vamos a ser capaces de jugar? Difícil cuestión, pues la meta es tan lejana como la vida te permita. Es, en definitiva, una trampa mortal.
En ocasiones tenemos que elegir. Elegir entre la sangre fría y las circunstancias o, por lo contrario, tenemos que admitir que no somos capaces de sobrellevar nuestra existencia sobre el suelo que la alargada sombra del juego nos hace pisar, a veces es algo imposible; pero lo intentamos. No es una "prueba-error", no se trata de tal experimento científico. Todo lo contrario, se trata, más bien, de una prueba-prueba porque el error, en algunos casos, ya lo damos certificado.
En resumen. Cuando eres un hombre y creces, en algún momento, tarde o temprano, te tienes que enfrentar al juego como un peón más del mismo y es entonces cuando debes de aceptar su reglas o, por lo contrario, entender que no puedes jugar y que, por lo tanto, quedas fuera del funcionamiento normal de las cosas. La cuestión es hasta ¿dónde vamos a ser capaces de jugar? Difícil cuestión, pues la meta es tan lejana como la vida te permita. Es, en definitiva, una trampa mortal.
6.28.2010
El cuarto está totalmente destruido, nada queda en pie. El ventanal, tan grande un majestuoso en otros momentos, ahora es simplemente un hueco ojival por el que saltar, una puerta al vacío; al suspenso. Los tablones del piso están levantados, asoman algunos clavos oxidados y los agujeros con los que tropezarse se cuentan por docenas. Las cortinas casi han desaparecido, lo poco que queda de ellas es una tela raída. Todo es un desastre, mi desastre, mi pequeño reino venido a menos. Un lugar en el que sentirse seguro, en dónde nada más puede pasar. Un lugar que espera el paso del tiempo como un ejercicio de paciencia, ante lo inevitable sólo queda esperar. Lo inevitable.
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